Todavía recuerdo con indignación el día que fui a conocer el "nuevo" parque Rivadavia, hace ya algunos años. Lo recuerdo por dos motivos cruciales; la borrachera del día anterior (aunque sus residuos molestos aún se hacían oír por la mañana), y porque fue el primer parque de la ciudad que mostró su renovado look de prisión estatal. Aquella mañana el sol refulguraba desde la proximidad del cielo, y un leve tieso aire recorría la atmósfera como deslizándose por paredes, rostros, y arboles. Cuando mi amigo me había invitado a dicha inaguración, yo desconocía la magnitud de la obra a realizar. "El parque volverá a ser de todos", se comercializaba políticamente. Al llegar, sentí la desazón ante el descubrimiento de tales "obras". Toda la manzana que ocupa el parque fue enrejada. El hierro embarrotado no dejaba que mis ojos adquiriesen una nítida imagen de lo que estaba en el interior. Sin entender demasiado nada (como es mi costumbre) me marché al poco tiempo de haber aaribado.
"Esto es una locura", pensé en la parada del bondi. "Ponerle rejas a un parque es como hacer un zoologico de gente. ¡Cuanta morbosidad!".
Desde aquel día en adelante debo reconocer que mi asombro fue menguando. El parque Rivadavia fue el primero de lo que ya son varios (y espero no sean todos) modelos de parque-plaza-jaula. Más allá del enorme negocio del fabricante de rejas (quien no me extrañaría sea un conocido de algún politiquero), lo realmente penoso es el motivo por el cual se nos dice que las rejas están "bien" colocadas. La lógica es bien clase media porteña; como los parques son ocupados por la gente que vive en la calle, la otra gente, no se siente cómoda para disfrutar su espacio. Entonces metele reja y rajá al ocupa.
Mucho tiempo pasó desde aquel día que ya no olvidaré jamás, pero algo queda: la certeza de que para mucha gente (la mayoría en la ciudad) el problema no es que haya pobres, o que los pobres no tengan donde dormir, sino que no le ensucien el cesped donde sus mascotas van a cagar.
martes, 15 de abril de 2008
sábado, 5 de abril de 2008
Donde nos hallamos.
Terrazas donde el mar de oleaje lunar es el requiem para tu partida, habitan las penínsulas de coral que se mecen en la oquedad. Subiré un día de blanco sol-vientre-sol el péndulo y el talismán hacia la cueva de un dragón que te vigila. Quemaré sus alas de estalactita y secaré el fuego de sus entrañas. Entonces penetraré difuso en la niebla tersa de su nido, reptaré por las paredes de azufre que como esmalte ceniciento me devora la coloración habitual, e iré en ascención hacia tu encuentro, enigma en la noche holística.
Tus manos suspendidas en la atmósfera de tu luz danzan entre gorriones de agua. Te veo y no lo creo (aunque de creer no tratan estas cosas) porque en las praderas de tu pecho quiero descansar a la sombra de tu pelo negro hasta que la eternidad nos devore o nos vomite o nos traslade en el tiempo sobre el tiempo mas allá del tiempo sin tiempo.. o tal vez despertarme para mirar a través de tu blancura de cielo abierto y recordar que estoy vivo y hay que festejar, festejar con las manos alzadas y la boca bien abierta, y la sonrisa despierta y el alma divagando en su plenitud perenne; por eso trepé mas allá de las terrazas y enfrenté al dragón que te vigila y al vencerlo vagué por su cueva y al hallarte el festejo no cesa de transcurrir en la luminosidad de nuestros días.
Tus manos suspendidas en la atmósfera de tu luz danzan entre gorriones de agua. Te veo y no lo creo (aunque de creer no tratan estas cosas) porque en las praderas de tu pecho quiero descansar a la sombra de tu pelo negro hasta que la eternidad nos devore o nos vomite o nos traslade en el tiempo sobre el tiempo mas allá del tiempo sin tiempo.. o tal vez despertarme para mirar a través de tu blancura de cielo abierto y recordar que estoy vivo y hay que festejar, festejar con las manos alzadas y la boca bien abierta, y la sonrisa despierta y el alma divagando en su plenitud perenne; por eso trepé mas allá de las terrazas y enfrenté al dragón que te vigila y al vencerlo vagué por su cueva y al hallarte el festejo no cesa de transcurrir en la luminosidad de nuestros días.
viernes, 4 de abril de 2008
Antinomia cartesiana
Peligrosa puerta, sin candado, invita a pasar. Del otro lado susurros cortan el aire. Me voy perfeccionando en las andanzas sin progreso, en las desventuras de callejones sin salida, en las encrucijadas diabólicas donde urge un desprevenido. Desprevenido dos pasos oigo en mi andar.
El tigre se relame en su ocio de rey solitario. El palacete en la soledad de su destierro (entierro de almas ausentes-presentes que cantan aullando desde la no eternidad) le impregna a su semblante la luminosidad de unos tercos ojos de mercurio, espesos en la espesa noche negra. No velan guardianes por él (él es su propio guardián, y ya no queda nadie de quien protegerse) ni aniquila el tiempo inventando enemigos.
Mi proximidad es tóxica, la garra afila el poste desde donde me agazapa tras sus ojos. No hay temor sin temblor, pero en vano, ya soy una hoja que se desprende sobre el viento que acaricia. Correr, trepar o gritar, mutilaciones de mis lamentos sobre lo irremediable. El rey-tigre-mercurio triangula mi posición sobre su tierra. Como un cosmos encendido donde renace y muere el fenix a cada oscilación o pestaneo del gran ojo-padre-sol, avanza sobre mi semblante que rígido yace sobre sus pies, raices repentinas en la tierra envenenada. La blanda piel que me recubre se amortaja con el transito de la daga-garra justo cuando el gallo canta y me sueño en la mañana siguiente o la anterior o la otra entre sabanas humedas que palidecen las preocupaciones diarias.
Soñarme o despertarme es estar del otro lado de una puerta que ya se cerró y se abre con cada estallido del sol, bramar de su furia indescifrable.
El tigre se relame en su ocio de rey solitario. El palacete en la soledad de su destierro (entierro de almas ausentes-presentes que cantan aullando desde la no eternidad) le impregna a su semblante la luminosidad de unos tercos ojos de mercurio, espesos en la espesa noche negra. No velan guardianes por él (él es su propio guardián, y ya no queda nadie de quien protegerse) ni aniquila el tiempo inventando enemigos.
Mi proximidad es tóxica, la garra afila el poste desde donde me agazapa tras sus ojos. No hay temor sin temblor, pero en vano, ya soy una hoja que se desprende sobre el viento que acaricia. Correr, trepar o gritar, mutilaciones de mis lamentos sobre lo irremediable. El rey-tigre-mercurio triangula mi posición sobre su tierra. Como un cosmos encendido donde renace y muere el fenix a cada oscilación o pestaneo del gran ojo-padre-sol, avanza sobre mi semblante que rígido yace sobre sus pies, raices repentinas en la tierra envenenada. La blanda piel que me recubre se amortaja con el transito de la daga-garra justo cuando el gallo canta y me sueño en la mañana siguiente o la anterior o la otra entre sabanas humedas que palidecen las preocupaciones diarias.
Soñarme o despertarme es estar del otro lado de una puerta que ya se cerró y se abre con cada estallido del sol, bramar de su furia indescifrable.
martes, 1 de abril de 2008
Sobre crimenes y castigos
Hace calor. Un tumulto abrupto de gente se avalanza sobre el colectivo. No hay mas lugar, ya no, y hace calor, insoportable. El chofer no abre sus puertas al principio, pero luego ojea al inspector que le hace señas y obedece a su mandato. La puerta trasera se abre y el colectivo colapsa. El calor es tremendo, se siente como brotando desde adentro, como una espina dorsal de fuego, árida, que se dispersa por las venas y las pieles.
A las pocas cuadras (dos antes de cruzar el puente Uriburu) el colectivo sufre un desperfecto técnico y los pasajeros quedamos varados en avenida Saenz, a la espera de otra unidad que nos lleve a destino. Enciendo un cigarro y me voy convenciendo de que lo mejor sería caminar, cruzar el puente a pie. Al girar, el grito de una blonda mujer de mediana edad me espabila la atención. Dos niños de no mas de 12 años corren con semblantes decadentes. Alguien grita (y aquí el relato se torna atroz) "hay que matarlos a todos. Estos negros de mierda no tienen remedio. Hay que matarlos a todos", y todos los que me rodean parecen coincidir. La señora blonda sufre por su celular perdido, pero desalentada se marcha sin siquiera mencionar el incidente al esbirro que vigila la esquina (mucho mas los culos que pasan que otra cosa).
Subo las primeras escaleras que cruzan el puente, con su estructura desmantelada, corroída por la vorágine del tiempo irreversible y la falta de mantenimiento. "Los pibes no tienen la culpa", pienso en soledad, "nadie se acuerda de ellos, desde hace mucho han dejado de existir para los demas, los que piden su cabeza rodar. Ellos los olvidaron a traves de sus representantes que los olvidaron y todo ese olvido ahora debe tener la forma de un mal recuerdo, como el de la señora blonda que sin celular regresa a su hogar esperanzada de que la hoguera se encienda pronto."
En mitad del puente mis pensamientos se detienen por la mitad; no hacen falta mas palabras cuando se mira el rio podrido, toda su putrefacción que es nuestra y solo nuestra pero que se la hemos obsequiado con años de descuido y contaminacion. Y déspues nos da la cara para desentendernos de todo y pegar calcos con la leyenda "no a las papeleras". Y despues nos da la cara para pedir la cabeza de un niño de 12 años al que le regalamos lo peor de nosotros mismos, y siempre nos da la cara (ya no dura, sino impenetrable, inconmovible) pero no la cabeza, ni el espiritu, ni el corazon para aceptar nuestras miserias y entender que por la culpa de nadie pero por la responsabilidad de todos los rios se mueren y los niños de 12 años ya no cantan o juegan o leen comics al atardecer, sino se mutilan con lo que encuentran y nos devuelven nuestro olvido con un cuchillo entre los dientes y el alma en llamas.
Hace calor, pero ya no me pesa en las entrañas. Hay cosas mas graves a las que atenerse.
A las pocas cuadras (dos antes de cruzar el puente Uriburu) el colectivo sufre un desperfecto técnico y los pasajeros quedamos varados en avenida Saenz, a la espera de otra unidad que nos lleve a destino. Enciendo un cigarro y me voy convenciendo de que lo mejor sería caminar, cruzar el puente a pie. Al girar, el grito de una blonda mujer de mediana edad me espabila la atención. Dos niños de no mas de 12 años corren con semblantes decadentes. Alguien grita (y aquí el relato se torna atroz) "hay que matarlos a todos. Estos negros de mierda no tienen remedio. Hay que matarlos a todos", y todos los que me rodean parecen coincidir. La señora blonda sufre por su celular perdido, pero desalentada se marcha sin siquiera mencionar el incidente al esbirro que vigila la esquina (mucho mas los culos que pasan que otra cosa).
Subo las primeras escaleras que cruzan el puente, con su estructura desmantelada, corroída por la vorágine del tiempo irreversible y la falta de mantenimiento. "Los pibes no tienen la culpa", pienso en soledad, "nadie se acuerda de ellos, desde hace mucho han dejado de existir para los demas, los que piden su cabeza rodar. Ellos los olvidaron a traves de sus representantes que los olvidaron y todo ese olvido ahora debe tener la forma de un mal recuerdo, como el de la señora blonda que sin celular regresa a su hogar esperanzada de que la hoguera se encienda pronto."
En mitad del puente mis pensamientos se detienen por la mitad; no hacen falta mas palabras cuando se mira el rio podrido, toda su putrefacción que es nuestra y solo nuestra pero que se la hemos obsequiado con años de descuido y contaminacion. Y déspues nos da la cara para desentendernos de todo y pegar calcos con la leyenda "no a las papeleras". Y despues nos da la cara para pedir la cabeza de un niño de 12 años al que le regalamos lo peor de nosotros mismos, y siempre nos da la cara (ya no dura, sino impenetrable, inconmovible) pero no la cabeza, ni el espiritu, ni el corazon para aceptar nuestras miserias y entender que por la culpa de nadie pero por la responsabilidad de todos los rios se mueren y los niños de 12 años ya no cantan o juegan o leen comics al atardecer, sino se mutilan con lo que encuentran y nos devuelven nuestro olvido con un cuchillo entre los dientes y el alma en llamas.
Hace calor, pero ya no me pesa en las entrañas. Hay cosas mas graves a las que atenerse.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
