Hace calor. Un tumulto abrupto de gente se avalanza sobre el colectivo. No hay mas lugar, ya no, y hace calor, insoportable. El chofer no abre sus puertas al principio, pero luego ojea al inspector que le hace señas y obedece a su mandato. La puerta trasera se abre y el colectivo colapsa. El calor es tremendo, se siente como brotando desde adentro, como una espina dorsal de fuego, árida, que se dispersa por las venas y las pieles.
A las pocas cuadras (dos antes de cruzar el puente Uriburu) el colectivo sufre un desperfecto técnico y los pasajeros quedamos varados en avenida Saenz, a la espera de otra unidad que nos lleve a destino. Enciendo un cigarro y me voy convenciendo de que lo mejor sería caminar, cruzar el puente a pie. Al girar, el grito de una blonda mujer de mediana edad me espabila la atención. Dos niños de no mas de 12 años corren con semblantes decadentes. Alguien grita (y aquí el relato se torna atroz) "hay que matarlos a todos. Estos negros de mierda no tienen remedio. Hay que matarlos a todos", y todos los que me rodean parecen coincidir. La señora blonda sufre por su celular perdido, pero desalentada se marcha sin siquiera mencionar el incidente al esbirro que vigila la esquina (mucho mas los culos que pasan que otra cosa).
Subo las primeras escaleras que cruzan el puente, con su estructura desmantelada, corroída por la vorágine del tiempo irreversible y la falta de mantenimiento. "Los pibes no tienen la culpa", pienso en soledad, "nadie se acuerda de ellos, desde hace mucho han dejado de existir para los demas, los que piden su cabeza rodar. Ellos los olvidaron a traves de sus representantes que los olvidaron y todo ese olvido ahora debe tener la forma de un mal recuerdo, como el de la señora blonda que sin celular regresa a su hogar esperanzada de que la hoguera se encienda pronto."
En mitad del puente mis pensamientos se detienen por la mitad; no hacen falta mas palabras cuando se mira el rio podrido, toda su putrefacción que es nuestra y solo nuestra pero que se la hemos obsequiado con años de descuido y contaminacion. Y déspues nos da la cara para desentendernos de todo y pegar calcos con la leyenda "no a las papeleras". Y despues nos da la cara para pedir la cabeza de un niño de 12 años al que le regalamos lo peor de nosotros mismos, y siempre nos da la cara (ya no dura, sino impenetrable, inconmovible) pero no la cabeza, ni el espiritu, ni el corazon para aceptar nuestras miserias y entender que por la culpa de nadie pero por la responsabilidad de todos los rios se mueren y los niños de 12 años ya no cantan o juegan o leen comics al atardecer, sino se mutilan con lo que encuentran y nos devuelven nuestro olvido con un cuchillo entre los dientes y el alma en llamas.
Hace calor, pero ya no me pesa en las entrañas. Hay cosas mas graves a las que atenerse.
martes, 1 de abril de 2008
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2 comentarios:
Amore mío, pensé que habías escrito algo más, esto ya lo había leído.
La gente está loca, y el porteño no tiene memoria. Da mucha impotencia ver episodios como los que describiste en tu post, pero se ven a diario y en toda la ciudad.
¿Qué podemos hacer?
Hermoso, simplemente hermoso.
En cuanto a exposición, claro, no a la mierda de la que estás hablando...(conste que soy sádico pero no tanto).
"¿Qué podemos hacer?" Yo no lo sé. No encuentro grandes soluciones que no suenen a enteléquias. Pero hay algo de bello en las pequeñas acciones, en la pequeña pero significativa magia del concientisar.
Supongo que yo elijo eso, desde mi humilde lugar y con mis pocas fuerzas: frenar la reproducción a base de inercia y presentar almenos otra opción, almenos otra cara.
(nuevamente repito, Hermoso)
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